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POLÍTICA

Combate electoral en Brasil

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No se trata de una elección más. Su resultado tendrá consecuencias para América Latina, en ella se centran los ojos del mundo que hoy disputan hegemonía, cuyo eje central es la confrontación entre Estados Unidos y China. En un contexto de pérdida relativa de poder, Washington busca reafirmar su predominio sobre una región que históricamente ha considerado su patio trasero. Esta expresión se expresa en la denominada “doctrina Donroe”, plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración de Donald Trump.

América Latina reúne recursos fundamentales para esa disputa: tierras fértiles para la producción de alimentos, biodiversidad, fuentes de energía, reservas de agua dulce, minerales estratégicos y fuerza de trabajo. El control de estos recursos, de las capacidades productivas y de las rentas que generan constituye una dimensión central de la lucha capitalista contemporánea.

“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, afirmó Lula ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 22 de septiembre de 2026. Su declaración reivindica la autonomía brasileña frente a las pretensiones hegemónicas de Washington y expresa una concepción de la inserción de Brasil en el mundo basada en la soberanía y la búsqueda de socios para el desarrollo, en particular con el bloque BRICS. 

En contraste, durante su intervención en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), celebrada en Estados Unidos el 28 de marzo de 2026, FlávioBolsonaro presentó a Brasil como “la solución para reducir la dependencia estadounidense de China en minerales críticos, especialmente tierras raras”.

Estas declaraciones condensan dos orientaciones sobre la inserción en el mundo del país. Mientras Lula reivindica la soberanía y la autonomía, Bolsonaro presenta los recursos brasileños como una respuesta a las necesidades estratégicas de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, la elección enfrenta un proyecto de desarrollo soberano con una orientación que puede profundizar el extractivismo y la subordinación.

¿Qué se juega en esta elección?

En primer lugar, está en juego la posibilidad de consolidar un bloque de extrema derecha en América Latina, alineado con los intereses de Estados Unidos. Este escenario podría reactivar una lógica de subordinación económica y comercial semejante a la que inspiró el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsada en la década de 1990 y cuyo avance fue bloqueado en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005, por la oposición de gobiernos y movimientos populares de la región.

La magnitud de los recursos brasileños permite comprender la dimensión territorial de esta disputa. En agosto de 2026, Brasil produjo 4,615 millones de barriles de petróleo diarios, un volumen un 18,4 % superior al registrado en el mismo mes de 2025, y 220,55 millones de metros cúbicos de gas natural por día. En conjunto, ambas producciones alcanzaron los 6,002 millones de barriles de petróleo equivalente diarios, de los cuales el 82,6 % provino del pre-sal (ANP, 2026). A ello se suma el potencial exploratorio del Margen Ecuatorial, para el que el Ministerio de Minas y Energía menciona una estimación de unos 10.000 millones de barriles recuperables. Este potencial debe distinguirse de las reservas probadas.

La relevancia geopolítica de estos recursos adquiere otra escala si se considera que las reservas probadas de petróleo de Brasil, Venezuela y Estados Unidos, sumadas, representan aproximadamente el 23,2 % del total mundial, según datos de la OPEP al cierre de 2024. Bajo la hipótesis de que Washington lograra un control efectivo sobre los recursos brasileños y venezolanos, su alcance abarcaría casi una cuarta parte de las reservas mundiales, lo que podría otorgar un enorme poder al utilizar la energía como arma para la guerra. 

La disputa también involucra las capacidades tecnológicas acumuladas por Petrobras y su red de investigación y proveedores, especialmente en la explotación de hidrocarburos en aguas profundas y ultraprofundas. Lo que está en juego es la posibilidad de preservar y ampliar ese patrimonio tecnológico, así como su articulación con el desarrollo industrial brasileño.

Brasil también ocupa la segunda posición mundial en reservas de tierras raras, detrás de China. Según el Sumario Mineral Brasileño 2025 de la Agencia Nacional de Minería, las reservas brasileñas alcanzaban los 11,4 millones de toneladas de contenido en 2024, frente a los 44 millones de toneladas de China. Algunos de estos elementos tienen aplicaciones estratégicas en armamento militar, los imanes permanentes utilizados en turbinas eólicas y motores de vehículos eléctricos. Su importancia exige discutir quién controla la extracción, el procesamiento y las etapas industriales de mayor valor agregado.

A estos recursos se añaden el territorio, la disponibilidad de agua y la capacidad de generación eléctrica, factores estratégicos para la expansión de los centros de datos y la infraestructura de inteligencia artificial. Cabe preguntarse bajo qué condiciones Brasil podría incorporarse a esa expansión y cómo evitar que los beneficios se concentren en grandes corporaciones mientras las comunidades soportan las presiones sobre el agua, la electricidad y el territorio. En Estados Unidos, estas instalaciones ya generan manifestaciones en oposición por su elevado consumo de recursos: en 2023, representaron el 4,4 % del consumo nacional de electricidad. Su expansión plantea preocupaciones por la presión sobre los recursos hídricos y por el posible traslado de los costos de la infraestructura eléctrica a las tarifas que pagan los demás usuarios.

La elección brasileña constituye, por tanto, un escenario crucial de la disputa hegemónica global, en el que están en juego la soberanía del país, el control de sus recursos y capacidades tecnológicas, y las posibilidades de una integración autónoma de América Latina.

La chispa está encendida

El resultado de la primera vuelta electoral en Brasil puso de manifiesto hasta qué punto la extrema derecha ha echado raíces políticas y sociales en el país, en el continente y en el mundo. En clave gramsciana, su avance puede interpretarse como una expresión de los fenómenos mórbidos que emergen en tiempos de crisis.

Ante este escenario, los sectores populares activaron sus anticuerpos, apelando a la memoria colectiva de las luchas históricas y dando paso a una juventud que toma las banderas y la iniciativa, ocupa las calles y disputa las redes. El recuerdo del funesto gobierno de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, alimenta esta reacción. Desde el lunes posterior a las elecciones, las asambleas y movilizaciones universitarias se multiplicaron en distintos puntos del país. La primera semana culminó con una multitudinaria manifestación con un millar de personas en la Avenida Paulista, en apoyo al presidente Lula y con una fuerte presencia juvenil. Estas movilizaciones expresan que lo que está en juego trasciende una elección: se disputa el presente y el futuro del pueblo brasileño, su soberanía y la posibilidad de evitar caer en la balcanización del país subordinado a los intereses del imperio estadounidenses.

El pueblo brasileño enfrenta así un combate titánico, en un tiempo que, retomando una caracterización de Álvaro García Linera, puede pensarse como una sucesión de victorias cortas y derrotas cortas. La disputa sigue abierta. Lula se define como especialista en el “mata-mata”, y la movilización de trabajadores, estudiantes, sindicatos y organizaciones sociales devuelve la iniciativa a las fuerzas populares. Ocupar las calles y disputar las redes permite poner en discusión los proyectos de país que se enfrentan en las urnas. El resultado dependerá, en buena medida, de la capacidad de transformar esa energía colectiva en organización, diálogo y votos durante los días que restan hasta el balotaje.

Esta ola de movilización y esperanza abre la posibilidad de un triunfo de Lula, pero no lo garantiza. Más allá del resultado electoral, será necesario consolidar la fuerza social que hoy se expresa en las calles y darle continuidad pos elecciones. La extrema derecha ha construido un arraigo que una victoria en las urnas, por sí sola, no desarticula. El desafío será convertir la chispa de estos días en una organización popular duradera, capaz de disputar sus bases sociales y construir un horizonte de emancipación con bases en la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, en síntesis, un proyecto de humanidad. 

Nicolás Malinovsky es autor de Crítica de la energía política (2025). Doctorando en Economía Política Mundial (UFABC, Brasil), Ingeniero Electricista (UNRC), Magíster en Gestión de la Energía (UNLa), Diplomado en Anticipación Estratégica y Gestión de Riesgo (UNDEF). Docente en UNPAZ. Redes: @nicomalinovsky.

www.bocadepozo.com.ar

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