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ANÁLISIS Y OPINIONES

Salto a lo desconocido: El estrecho de Ormuz se cierra y el mundo enfrenta la mayor crisis energética de la historia

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Por: Moisés Solorza – El mundo que conocíamos hace apenas tres semanas ya no existe.

Lo que comenzó como un conflicto más en Medio Oriente se transformó en la mayor crisis de seguridad energética desde 1973, con consecuencias que los analistas recién comienzan a dimensionar. Y mientras los reflectores apuntan al Golfo Pérsico, en todos los rincones del planeta deberían estar sonando todas las alarmas. Porque lo que está en juego no es solo el precio del barril en las pantallas de Bloomberg u otro medio especializado en economía mundial. Lo que está en juego es la estabilidad misma de la economía global.

El estrecho de Ormuz, esa angosta vía marítima de apenas 29 millas náuticas en su punto más angosto, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial y aproximadamente un 25% de los envíos marítimos, está virtualmente cerrado . Y esta vez no se trata de una amenaza. Es una realidad consumada.

Un shock sin precedentes en la historia moderna

La magnitud de la crisis actual no tiene parangón con los episodios previos de disrupción petrolera. Según un estudio reciente de la Reserva Federal de Dallas, los cortes de suministro de 1973 y 1990 retiraron del mercado apenas un poco más del 6% de la oferta global. En 1979 y 1980, la cifra fue de alrededor del 4% Hoy estamos ante un déficit cercano al 20% . Es decir, entre tres y cinco veces más grave que cualquier crisis anterior .

Las cifras son escalofriantes. Las exportaciones de petróleo del Golfo cayeron casi un 60% en apenas semanas, pasando de 25,1 millones de barriles por día (bpd) a solo 9,7 millones . La región produce alrededor de 30 millones de bpd, aproximadamente un tercio del suministro global . Irak, uno de los países más afectados, tuvo que reducir su producción de 4,2 millones de bpd a apenas 1,2 millones . Qatar declaró fuerza mayor en sus exportaciones de GNL tras los ataques con misiles y drones a sus instalaciones en Ras Laffan, el mayor centro de exportación de gas licuado del mundo. Arabia Saudita cerró temporalmente su refinería Ras Tanura tras un ataque.

Los países del Golfo están perdiendo más de 2.300 millones de dólares diarios en ingresos energéticos . Solo Arabia Saudita pierde cerca de mil millones de dólares cada día . Y mientras los tanqueros permanecen inmovilizados, el almacenamiento se llena y los pozos deben cerrarse.

El precio del petróleo: hacia los 150 dólares

El impacto en los precios ya es visible y amenaza con volverse explosivo. El crudo Brent, que antes del conflicto cotizaba alrededor de 65 dólares, superó los 100 dólares y alcanzó picos de 120 dólares en cuestión de días. Pero los analistas advierten que esto es solo el comienzo.

La Reserva Federal de Dallas proyecta que si el estrecho permanece cerrado:

  • Un trimestre: 98 dólares por barril (WTI)
  • Dos trimestres: 115 dólares por barril
  • Tres trimestres: 132 dólares por barril 

Martin Wolf, principal comentarista económico del Financial Times, es aún más contundente:

«Si los precios del petróleo llegan a 150 dólares el barril o más, el impacto en la economía mundial será determinante. El petróleo tendrá que ser racionado por precio, y la gente y los países serán expulsados del mercado porque será demasiado caro».

Wolf advierte que la crisis actual, si se prolonga, superará «a cualquiera de las crisis posteriores» desde la década de 1970.

Eje 1: DESINDUSTRIALIZACIÓN – El fin de la industria pesada en Europa

La crisis energética que se avecina no será solo un episodio de precios altos. Será un evento de destrucción estructural de la capacidad industrial de los países que dependen de energía barata y confiable para sostener sus fábricas, sus fundiciones y sus plantas químicas. Europa, el continente que más rápido intentó desprenderse de los combustibles fósiles, es hoy el más expuesto.

Alemania, la locomotora industrial de Europa, está en el ojo del huracán. La decisión de abandonar la energía nuclear tras Fukushima (170 TWh por año perdidos) y la posterior dependencia del gas ruso dejaron al país en una posición de extrema vulnerabilidad . El actual canciller alemán, Friedrich Merz, calificó el abandono nuclear como un «serio error estratégico» . Hoy, Alemania enfrenta el cierre de plantas químicas, fundiciones de aluminio y acerías que no pueden operar con los precios actuales de la energía.

Bélgica, otro país industrializado del corazón de Europa, ya lanzó la alarma. Su primer ministro, Bart De Wever, fue contundente: «Estamos perdiendo nuestras industrias petroquímica, siderúrgica y metalúrgica, que son los cimientos de toda prosperidad» . Su advertencia es clara: sin una reducción inmediata de los costos energéticos, la Unión Europea perderá su autonomía estratégica y su capacidad productiva .

La diferencia con el Reino Unido y Noruega ilustra la magnitud de la tragedia anunciada. El Reino Unido, que alguna vez fue autosuficiente en gas (con picos de producción de 10 TCF anuales), vio cómo su producción cayó a un tercio por la falta de inversión, políticas fiscales inciertas y la decisión de no otorgar nuevas licencias de exploración . Hoy, los analistas advierten que para 2030 el Reino Unido podría importar hasta el 80% de su gas . En contraste, Noruega mantuvo políticas estables, continuó invirtiendo y en 2024 alcanzó niveles récord de producción de gas (124 BCM) .

Lo que está ocurriendo en Europa es un anticipo de lo que sucederá a escala global. La industria pesada —la que fabrica fertilizantes, acero, cemento, plásticos— es la más intensiva en energía. Cuando el costo de la energía se duplica o triplica, estas industrias se vuelven inviables. Cierran. Y cuando cierran, no solo desaparecen los empleos directos; desaparece toda la cadena de valor que las rodea.

El Banco de la Reserva Federal de Dallas estima que un cierre de tres trimestres del estrecho reduciría el crecimiento global en 1,3 puntos porcentuales para todo el año . Pero esa cifra, fría y macroeconómica, oculta lo esencial: la pérdida irreversible de capacidad productiva. Las fábricas que cierran hoy no reabren mañana. La desindustrialización no es un ciclo; es un punto de no retorno.

Eje 2: ENCARECIMIENTO DE LOS ALIMENTOS – El arma silenciosa que golpeará a los más vulnerables

Mientras los precios del petróleo acaparan los titulares, una crisis más silenciosa pero potencialmente más letal se está gestando en los mercados de fertilizantes. Y el mundo, distraído con el barril de crudo, no está prestando suficiente atención.

El 30% al 35% del comercio global de fertilizantes pasa por el estrecho de Ormuz . Urea, fosfatos, potasa, amoníaco —los nutrientes esenciales para la agricultura moderna— dependen de esta ruta. Qatar, el mayor exportador mundial de urea, declaró fuerza mayor tras los ataques a sus instalaciones . El país concentraba el 14% del suministro global de urea .

Las consecuencias ya son visibles. Entre la última semana de febrero y la primera de marzo, el precio de importación de urea en Estados Unidos saltó un 30% . En el Golfo, los precios de exportación pasaron de 500 dólares por tonelada a más de 700 dólares, un aumento del 40% . En Europa, el costo de producción de amoníaco se disparó de 396 a 652 dólares por tonelada en apenas dos meses, impulsado por el encarecimiento del gas natural .

Pero el verdadero impacto no se medirá en los mercados de futuros, sino en los campos de cultivo. El momento no podría ser peor. El hemisferio norte está entrando en la temporada de siembra de primavera (febrero a mayo), el período crítico en que los agricultores deben aplicar fertilizantes para asegurar las cosechas del año . Si la crisis persiste, los agricultores se enfrentarán a una decisión brutal: reducir la dosis de fertilizante (y aceptar menores rendimientos), cambiar a cultivos de menor requerimiento (y alterar la oferta global), o directamente reducir la superficie sembrada.

El impacto será desigual, pero devastador. India, que depende del Golfo para más del 40% de sus importaciones de urea, ya tuvo que reducir la producción en tres de sus plantas de urea . Bangladesh cerró cuatro de sus cinco plantas de fertilizantes . Brasil, que importa casi la totalidad de sus fertilizantes, recibe cerca de la mitad a través del estrecho .

Y luego está la cadena de transmisión final: la que lleva los alimentos a la mesa de los consumidores. La economista jefe de Wolfe Research, Stephanie Roth, estima que la crisis de fertilizantes podría aumentar la inflación de «alimentos en el hogar» en 2 puntos porcentuales solo en Estados Unidos . Pero en los países en desarrollo, donde los alimentos representan entre el 30% y el 50% de la canasta de consumo (frente a menos del 25% en las economías avanzadas), el golpe será mucho más duro .

La Organización Mundial del Comercio ya lanzó la advertencia: la guerra en Medio Oriente amenaza la seguridad alimentaria global . El economista jefe de la FAO, Máximo Torero, advirtió que una crisis prolongada podría reducir la producción de granos y forrajes, elevando los precios de la carne y los lácteos . El director de la agencia de alimentos de la ONU fue más allá: si el conflicto se profundiza, 2026 podría registrar la cifra más alta de la historia de personas en situación de hambre aguda .

Eje 3: GUERRAS POR RECURSOS – El nuevo tablero geopolítico donde los débiles serán presa

El tercer eje de esta tormenta perfecta es quizás el más inquietante porque apunta al corazón del orden internacional: la guerra por los recursos se ha convertido en la nueva normalidad, y los países sin capacidad de defensa serán los primeros en caer.

La crisis actual ya está mostrando los contornos de este nuevo mundo. Irán ha amenazado con destruir «de manera irreversible» toda la infraestructura energética de la región si Estados Unidos ataca sus centrales eléctricas . Las rutas alternativas al estrecho —el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita (5 millones bpd) y el oleoducto de Emiratos Árabes a Fujairah— están dentro del alcance de los misiles iraníes y de los hutíes en Yemen . Fujairah ya ha sido atacado.

La pregunta que surge es brutal en su simplicidad: ¿qué sucede cuando los países que poseen recursos energéticos o agrícolas no pueden defenderlos?

El director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, Fatih Birol, calificó la situación actual como la «mayor pérdida de suministro de petróleo en la historia, superior a la crisis de 1973» . Pero a diferencia de 1973, hoy hay más actores con capacidad militar para disputar esos recursos, y menos instituciones internacionales capaces de mediar.

China, que importa alrededor de 5,4 millones de barriles diarios a través del estrecho, activó medidas de emergencia energética . India negoció directamente con Irán un acuerdo para que sus petroleros puedan seguir cruzando . Cada país está, en la práctica, resolviendo su propio acceso a los recursos por fuera del marco multilateral.

El riesgo es que esta lógica se extienda a todos los países que posean recursos estratégicos. Si la comunidad internacional permite que un país poderoso pueda, mediante la fuerza o la amenaza, asegurarse el control exclusivo de petróleo, gas, fertilizantes o alimentos, entonces todos los países con recursos pasan a ser objetivos potenciales. El petróleo hoy, el litio mañana, el agua dulce pasado.

En Davos 2026, el Foro Económico Mundial marcó un cambio de paradigma: la seguridad energética desplazó al clima como tema central de la conversación . Pero la pregunta es si ese cambio llegó a tiempo. Europa, que apostó por la descarbonización rápida sin asegurar su autonomía energética, hoy enfrenta la posibilidad real de una desindustrialización irreversible . La lección es clara: la transición energética es deseable, pero no puede hacerse a expensas de la seguridad básica del suministro.

El historiador de la Universidad de Columbia, Adam Tooze, resumió la situación con crudeza: «Asia está en el corazón de este drama. Es la principal área de daño colateral». Pero Asia no es la única. África, que depende de fertilizantes importados, enfrenta una crisis alimentaria que podría desestabilizar regiones enteras . América Latina, con sus propios recursos, mira con preocupación cómo el nuevo orden global se construye sobre la base de quién tiene los misiles más largos.

Las rutas alternativas no alcanzan, la AIE libera reservas pero es un parche

Ante el cierre de Ormuz, algunos países están intentando usar rutas alternativas. Arabia Saudita tiene un oleoducto Este-Oeste con capacidad de alrededor de 5 millones de bpd que llega al Mar Rojo. Emiratos Árabes Unidos tiene un oleoducto a Fujairah, en el Golfo de Omán . Pero estas rutas tienen dos problemas fundamentales:

  1. Capacidad insuficiente: apenas pueden cubrir entre 3,5 y 5,5 millones de bpd, dejando aproximadamente tres cuartas partes del suministro bloqueado .
  2. También están bajo amenaza: tanto los puertos del Mar Rojo como Fujairah están al alcance de los misiles iraníes y de los hutíes en Yemen. Fujairah ya ha sido atacado .

La Agencia Internacional de Energía (IEA) propuso liberar 400 millones de barriles de reservas estratégicas . Sería la mayor liberación de su historia, superando los 182 millones de barriles liberados tras la invasión rusa de Ucrania. Pero el cálculo es simple y brutal: antes del conflicto, por Ormuz transitaban 20 millones de bpd. Hoy el flujo es casi nulo . Si se liberaran 400 millones de barriles en seis meses, eso agregaría solo 2,2 millones de bpd al mercado . Es un parche para una hemorragia que no para de sangrar.

Lo que viene: incertidumbre total y un mundo que deberá elegir entre el hambre, el frío y la guerra

La comunidad internacional observa con preocupación cómo la crisis se profundiza día a día. Donald Trump lanzó un ultimátum de 48 horas para reabrir el estrecho [citation:fuente base]. Irán respondió con amenazas de destrucción total de la infraestructura regional. Los aliados de Estados Unidos, como Japón, se resisten a enviar buques de guerra por temor a ser arrastrados a un conflicto sin fin.

El mundo ha entrado en territorio desconocido. No es la misma magnitud. No es el mismo juego. No tiene las mismas consecuencias.

La desindustrialización ya comenzó en Europa y se extenderá a otras regiones si los precios de la energía se mantienen altos por tiempo prolongado . No habrá recuperación automática cuando cese el conflicto: las industrias que cierran hoy por falta de energía competitiva no reabrirán mágicamente mañana. La capacidad productiva destruida es pérdida permanente.

El encarecimiento de los alimentos aún no se refleja en los supermercados, pero llegará. La reducción de cosechas en el hemisferio norte por falta de fertilizantes se sentirá en seis meses, justo cuando los stocks globales ya estarán agotados . Los países más pobres, aquellos que destinan la mayor parte de sus ingresos a importar alimentos, serán los primeros en sufrir hambrunas. Y el hambre, como la historia ha demostrado una y otra vez, es el caldo de cultivo perfecto para el estallido social y los conflictos civiles.

Las guerras por recursos dejarán de ser una hipótesis académica para convertirse en la nueva realidad geopolítica. Los países con petróleo, gas, minerales críticos, agua o tierras fértiles que no cuenten con la capacidad militar o las alianzas estratégicas para defender sus recursos enfrentarán presiones crecientes de potencias mayores. El derecho internacional, ya debilitado, será el primer cadáver en esta nueva guerra fría de recursos.

La advertencia final la dejó Martin Wolf, con décadas de experiencia analizando crisis globales: «Es la primera vez en mi vida. Él es el primer presidente de Estados Unidos en cuya palabra simplemente no confío. Lo digo con desesperación»

El mundo no volverá a ser el mismo después de este marzo de 2026. La pregunta es si estaremos a la altura de las consecuencias.

Moisés Solorza

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